SOLÍA decir en clase, sobre todo en los últimos años, que me consideraba muy poco lector. Que si cada rayeta que había trazado sobre un papel, un panel contrachapado o una tela la hubiera sustituido por la lectura de una línea, podría en cambio estar diciendo que pocos habían leído tanto como su profe de dibujo… pero que la realidad era que había leído poco y desde tiempo casi siempre solo cuestiones relacionadas con mi trabajo.
Los años de formación leía los textos obligatorios sin excesivo entusiasmo. La Guerra de las Galias, la Conjuración de Catilina o La Odisea en estricto latín. Algunos guiones teatrales reconvertidos a la Galería Teatral Salesiana (solo para hombres) como Los diez negritos, La barca sin pescador, La venganza de don Mendo. La única novela que recuerdo haber leído fue El Quijote, probablemente porque pude disfrutar una edición ilustrada por Gustavo Doré en la lectura de cuyos dibujos invertí tanto o más tiempo que en el texto escrito.
Acabado Magisterio decidí que iba a ser pintor (a secas, pintor; nada de artista) y comenzó a interesarme más trazar líneas que leerlas. En todo caso la mayor parte de las lecturas tuvieron a partir de ese momento como finalidad reforzar mi conocimiento del arte y su historia. La literatura pasó a ser asunto de algunos días de verano. Me interesó más adelante la novela y llegué a devorar una colección entera de Agatha Christi en papel Biblia, cuyos treinta volúmenes siguen rondando por el estudio a la espera de una nueva oportunidad que no les llegará.
No pensaba que la jubilación traería consigo un nuevo interés por la lectura porque pensaba seguir dando más pinceladas y trazos que leyendo. Aunque sí he aumentado mis lecturas, debo reconocerlo, desde que cayó en mis manos la Trilogía del Baztán de Dolores Redondo que reavivó mi interés juvenil por los temas policíacos. Lo que no me esperaba era que me tuviera que interesar por la novela de historia. Creo que la realidad no necesita reforzarse con los entresijos mentales inventados por los escritores. Pero la necesidad de presentar la de un querido amigo, Domingo Buesa, historiador de reconocido prestigio, reavivó mi interés por la lectura de novelas incluso por vez primera las de historia.
Me sorprende que en algunas de ellas no puedo realizar una lectura tranquila. Las tramas me obligan a devorar el libro como si no hubiera un mañana. La producción de mi amigo se ha multiplicado en los últimos meses y a Tomarán Jaca al amanecer siguió El cura y la maestra, breve pero intensa, La tarde que ardió Zaragoza y El retrato de la madre de Goya, fagocitadas de inmediato por este nuevo lector que permanecía oculto entre telas y papeles de diferentes gramajes.
Y por si fuera poco, un pariente valenciano de Magda, profesor de filología en la universidad levantina ha sufrido, como Domingo, una especie de ataque de novelista, y ha publicado dos textos casi seguidos, el 19 y el 22, que con su narrativa elegante han conseguido de nuevo zambullirme en las páginas de ambos libros. Francisco López Porcal en sus novelas aprovecha sus muchos conocimientos acumulados a lo largo de los años de investigación universitaria para describir la Valencia deseosa de abandonar su corsé decimonónico en La ciudad de las vanidades analizando la azarosa vida de una familia burguesa que vive la eclosión urbanística de la capital con motivo de la Exposición Regional de 1909. Publicada este mismo año prepara ya su segunda edición.
En 2019 apareció Atrapados en el Umbral, en la que un profesor de literatura española en una universidad francesa encuentra en una librería de viejo de Montmatre una publicación sobre el imaginario de Valencia que guarda entre sus páginas unas cartas que le remiten a la capital del Turia, en el entorno de la iglesia de San Nicolás, a raíz de su decoración pictórica a finales del siglos XVIII. La novela que juega a mezclar realidad y ficción venía en este caso envuelta para regalo del pintor convertido a la lectura.
Algo tarde pero la novela de historia ha encontrado un nuevo seguidor. ¿Novela de historia? Parece ser que sí.
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